El autoconocimiento para romper con límites autoimpuestos


Por Sole Ytuarte*

En la escuela, las niñas levantan menos la mano en clase que los varones, limitando la posibilidad de que expresen sus ideas. Los motivos son variados, como el miedo a ser juzgadas por sus opiniones. Las elecciones educativas de las jóvenes muchas veces está condicionada por los propios sesgos y prejuicios. Según datos del Foro Económico Mundial, sólo el 27% de quienes trabajan en el sector de software y tecnologías de la información son mujeres y menos del 20% tienen roles de liderazgo. Sólo el 6% de los desarrolladores de aplicaciones móviles y software son mujeres (OCDE, 2018).


En los últimos tres años, sólo el 23,5% de las empresas lideradas por mujeres se financió a través de un banco (público o privado) en la Argentina, frente al 48,7% de los casos de empresas lideradas por hombres, según un estudio de 2020 que analiza la brecha de género en el acceso al crédito de las empresas argentinas, realizado por Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con el apoyo de Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE).


Las mujeres piden menos salario que los hombres. Según un estudio reciente de Bumeran, la brecha salarial requerida alcanza el 16%. Las mujeres subestiman sus habilidades y desempeño a diferencia de los hombres, y sufren a mayor escala el llamado “síndrome del impostor”, esa percepción de “nunca estar a la altura”, de sentirse un fraude.


Desde niñas, las mujeres aprendieron y aprehendieron los roles en la sociedad que les fueron adjudicados: pertenecen a la esfera privada, a las tareas de cuidado, a los puestos más informales y menos remunerados, a las ciencias sociales. Las mujeres no pueden pedir, ni enojarse, ni mostrarse autosuficientes. Eso les enseñaron y de eso se convencieron.


Se convencieron tanto que pese a los avances evidentes en materia de igualdad de género y de derechos, todavía falta mucho camino por recorrer para definitivamente romper techos de cristal, paredes de cristal y límites, no sólo externos sino también propios.


Los cimientos de esta construcción son culturales, sociales, históricos, educacionales, vinculares y también subjetivos, porque estos sistemas de creencias y sesgos inconscientes, en este caso de género, atraviesan a las personas, y las constituyen en quienes están siendo.


La buena noticia es que el cambio es posible. Según el Foro Económico Mundial hacen falta 99,5 años aún para eliminar las brechas de género en distintos ámbitos, pero en mucho menos tiempo, una persona puede desafiar creencias limitantes, y construir autoconfianza y por lo tanto, bienestar.


¿Por dónde se empieza? “El cambio es una puerta que tiene el picaporte únicamente del lado de adentro”, dijo la escritora Marilyn Ferguson. Comienza con un proceso de aprendizaje y autoconocimiento que ayuda a modificar esas estructuras que sostienen las propias creencias. Y también con acciones concretas que pueden ayudar a construir autoconfianza.


- Identificar y desafiar esas creencias que parecen veredictos y que se construyen desde los primeros años de socialización. Las creencias y los juicios son formas aprendidas y repetidas de ver el mundo y de percibirse. Y todo este complejo mapa es lo que condiciona las acciones, los hábitos, la vida cotidiana. Algunos ejemplos: “No merezco un aumento de sueldo”, “No tengo nada para ofrecer”, “No valgo lo que pido”. ¿Qué significa desafiarlas? Ponerlas en duda, sobre todo aquellas que limitan y no son funcionales. Poner en duda eso que hasta ahora era interpretado como una verdad. Indagar. Esa creencia, pensamiento, juicio, ¿cuánto tiene de hechos comprobables y cuánto de interpretaciones? A partir de aquí, fundamentar o desafiar esos supuestos es el inicio del camino de transformación.


- Intervenir los pensamientos desde las emociones. Cuando aparecen estas creencias en forma de pensamientos, surge también una emoción asociada. Gestionarla es una forma de cambiar los pensamientos por otros más funcionales. Este ejercicio, con el tiempo se convertirá en un hábito.


- Foco en las fortalezas. A veces son olvidadas frente a las faltas. La autoconfianza puede empezar a construirse identificando y poniendo el foco en lo positivo: habilidades, competencias, trayectoria profesional, valores, experiencias de éxito, etc.


- Planificar y accionar. La autoconfianza se construye con autoconocimiento y se consolida con acción. Y para llegar a esa acción eliminando algunas barreras como el miedo, por ejemplo, planificar es un recurso que puede dar más seguridad. Todo se puede diseñar y planificar, hasta una conversación difícil.


- Por último, tejer redes que sostienen cuando aparecen las dudas. Existen cada vez más organizaciones, asociaciones, comunidades que nacieron con ese propósito de conectarse y ayudar a otras mujeres a desarrollar todo su potencial. Los vínculos y las conversaciones con pares, las experiencias compartidas y los nuevos puntos de vista, sanan, enriquecen, y revitalizan eso que a veces está dormido o escondido en algún rincón, que es la autoconfianza, el amor propio y la seguridad de poder ser y hacer sin límites.


*Esta columna fue publicada el viernes 9 de abril de 2021 en Ámbito Financiero, ediciones impresa y digital.